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Terrorismo

// TERRORISMO //

La Región de Murcia ha sufrido esta semana un atentado terrorista. El asesinato de Younes Bilal, un vecino de Mazarrón de origen marroquí, al grito de “no quiero moros” mientras recibía tres disparos de manos de un exmilitar xenófobo, es simplemente eso. Un atentado terrorista. Un hecho que hubiese abierto los informativos de toda Europa si los papeles estuviesen cambiados entre asesino y víctima. En ese caso, hoy estaríamos escuchando hablar en todas las tertulias de lobos solitarios, de terrorismo islamista o de yihadismo. Sin embargo, ha costado ver publicada en los medios de comunicación la palabra “racismo”, cuando es evidente que estamos hablando de un crimen xenófobo motivado por el odio.

Los demócratas llevamos tiempo advirtiendo de que el clima irrespirable de violencia que la extrema derecha está insuflando en nuestra sociedad acabaría teniendo consecuencias muy graves. Sin embargo, una y otra vez hemos encontrado un muro en la Asamblea Regional, donde la derecha se ha negado a aprobar declaraciones institucionales contra el machismo, la xenofobia, la violencia o la LGTBIfobia. Hasta algo tan sencillo como el apoyo a los derechos de la infancia para conmemorar el Día Mundial de los niños y niñas, fue vetado por los diputados de Vox. Ya saben, defender derechos humanos es seguir el “consenso progre”.

El asesinato de Younes Bilal ha supuesto un nuevo paso en la escalada violenta de la extrema derecha. Evidentemente, la única responsabilidad del crimen es de quien aprieta la pistola. Pero lo cierto es que los discursos de odio legitiman, amparan y victimizan a los violentos. Cuando Ortega Smith se aparta de una pancarta en la que se condena la violencia machista, está negando la existencia del machismo, lo que refuerza a todos los maltratadores en sus argumentos. Cuando el Partido Popular implanta la censura parental en las aulas para que elementos como el asesino de Bilal puedan decidir si sus hijos asisten o no a charlas sobre respeto e igualdad, están perpetuando la discriminación y la xenofobia, y garantizando que pase a la siguiente generación. Cuando el tránsfuga Alberto Castillo, en su posición de presidente de la Asamblea Regional, veta cualquier referencia a la ultraderecha en el minuto de silencio en memoria de la víctima de este asesinato racista, está legitimando todos estos discursos de odio, y además es plenamente consciente. ¿Por qué lo hace entonces? Porque el cargo le va en ello. Castillo es uno de los diputados que vendieron su voto para que López Miras continuase como Presidente, a pesar de haber perdido el apoyo de la mayoría de partidos con representación en la cámara. Su sillón de presidente de la institución, como el del propio Miras, depende del apoyo de los diputados de la extrema derecha. Y no se muerde la mano que te da de comer.